Alma y Aldo se conocieron de niños, jugaban en la misma acera, lamiendo la misma savia del viejo paraíso que refrescaba las siestas de verano en aquella barriada de Córdoba. Aldo era torpe y tímido y Alma, fresca y burlona. Cuando Aldo subía a los árboles midiendo cada paso, estudiando cada rama con esa minuciosidad exasperante, Alba no podía contener la risa y acto seguido exhibía su mayor destreza con descaro; trepaba deprisa y más alto y si tropezaba y caía, sabía que ahí abajo, siempre estaba Aldo para sostenerla. Pero por sobre todas las cosas, para Alma, Aldo era aburrido, así que un día, sin más, le dejó enganchado al tronco del paraíso del barrio, cambió de acera, de ramas y de amigos.
Alma no dejó de trepar árboles durante toda su vida, cada vez más altos, cada vez más lejos, convirtiéndose en una auténtica especialista. Pasaron los años y muchos árboles, hasta aquel día de marzo que recibió una invitación inesperada. En una carta le proponían escalar el paraíso más alto del mundo, ¡el más alto del mundo!. Esto era como un sueño que venía de regalo. En todos aquellos años, no había vuelto a subir a un árbol de esta especie, simplemente porque lo había dejado en el pasado y siempre aparecían otros nuevos más interesantes.
Aceptó sin dudar, recuperó a su niña fresca y entusiasta y con el mismo desdén de ayer, desoyó a quienes le señalaban que no estaba entrenada lo suficiente, que su cuerpo ya no estaba preparado para grandes aventuras, que, que, que...
Aquel árbol era tan o más grande de lo que había imaginado. Comenzó el ascenso sin dificultad, a buen ritmo, sin mirar hacia atrás, controlando los pasos con firmeza, confiando en su experiencia, hasta superar más de la mitad del recorrido. A medida que ascendía, el perfume de sus flores se hacía cada vez más intenso, evocándole aquellos días antiguos en los que no paraba de burlarse de aquel niño del barrio; mareada, confundida, intuyó que algo no iba bien; el miedo comenzó a envolverla hasta inmovilizarle las piernas. Perdía el control y las expectativas de superar aquel reto. Por primera vez, se sintió débil. Abajo se había reunido gran cantidad de gente para animarla y celebrar su hazaña, pero de pronto, todo era silencio. Las rodillas de Alba cedieron, las manos resbalaron derrapando por el tronco oscuro y su cuerpo se precipitó hacia el suelo. El impacto fue seco; el cielo y su paraíso quedaron muy lejos.
Alba no ha vuelto a hablar de árboles, ni de sueños, dice que de este último accidente sólo recuerda que mientras la atendían en la camilla, le parecíó oir una voz que le susurraba “Tenía tantas ganas de volver a verte,… así.”